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El dilema del manifestante

Una similitud entre el dilema del manifestante y el dilema del tranvía me viene a la cabeza a cada conflicto que existe entre el grupo y un ciudadano que se ve privado de su libre albedrío.

Hoy, 24 de enero del 2020, en La Rochelle ha habido una manifestación contra la reforma de la jubilación. La manifestación, un paseo idílico por el centro de la ciudad portuaria, sol y buen tiempo. Los ciudadanos sensibles al poder del grupo pero atentos a cualquier desvío violento o de degradación de la parte de los participantes. Todo el mundo sabe que un solo gesto violento o degradante puede destrozar la dignidad del acto. Pero siempre ocurre alguna desgracia : Una señora bloqueada para sacar el coche del parking grita furiosa porque la multitud le impide circular. Un coche da media vuelta y circula en sentido contrario porque no quiere sentirse manipulado por la multitud…

Esos incidentes ocurren en una manifestación y como individuo participante de la manifestación no puedo hacer gran cosa : dialogar e intentar hacer comprender que el grupo no es un ser vivo que actúa a petición de un ciudadano. Es horrible sentirse parte de un grupo que impide realizar su voluntad a otra persona. Bajar la vista no sirve de mucho, disculparse, tampoco.

El discurso de la señora de la CGT fue emotivo y lleno de vitalidad. Una voz fuerte y un recuerdo sincero sobre el poder del trabajador, el único poder del trabajador : La huelga. La huelga que reduce el trabajo al valor de lo que es realmente el trabajo remunerado : economía. Manifestarse esta bien pero para cambiar las cosas se cambian negociando de par a par y no paseando por las calles dijo la señora.

El final de la manifestación fue extraño. La frustración es enorme y es aquí, dónde la masa intentó asaltar la estación del tren. El responsable de la estación cierra las puertas y los huelguistas no pueden entrar y los viajeros tampoco y entonces, las disputas entre ciudadanos empiezan y mi dilema despunta.

El dilema del tranvía es un dilema vital : Un tranvía corre fuera de control por una vía. En su camino se hallan cinco personas atadas a la vía por un filósofo malvado. Afortunadamente, es posible accionar un botón que encaminará al tranvía por una vía diferente, por desgracia, hay otra persona atada a ésta. ¿Debería pulsarse el botón?

El dilema del manifestante es si debe participar a un acto que impide a otros ciudadanos realizar su libre albedrío.

La respuesta a nuestro dilema tendría dos soluciones : primero, la manifestación no molesta a nadie e incluso realiza actos para mejorar la vida de los ciudadanos; el tranvía pasa por encima de todos los miembros atados a la vía. Segundo, el grupo inoportuna a un ciudadano no voluntariamente sino por el hecho de ser una masa, se está accionando el botón para que el tranvía cambie de sentido y arrolle a una sola persona atada a la vía.

Por suerte, la fatalidad no es mortal en el dilema del manifestante como sí lo es, en el caso del dilema del tranvía. Pero, ciertamente, es una fatalidad en los dos casos.

Entonces, Qué hacer ?

Desde mi punto de vista, acoger la frustración del manifestante final. Y cómo acoger esa frustración, organizando un visionado de una película al aire libre, un concierto de música en directo, unas charlas o una barra de bar con salchichas a precio libre. Canalizar la rabia de una manera formal : cortando una vía y ocupándola para crear vínculos entre las personas y compartiendo un espacio comunal. Por supuesto, no eliminará los conflictos durante la marcha pero sí, los conflictos finales y, posiblemente, la gente pueda compartir esos momentos finales tan frustrantes.